Las mieses danzan sinuosas bajo el sol de la mañana. Gertrude las mira desde el ventanal. En su pecho, perdigonazos de recuerdos hostiles punzándole el corazón.
De niña jugó en esos campos, correteando al paso de su fiel Smokie. El perro buscaba la pelota en los trigales, mientras ella dibujaba sueños de un mañana entre las nubes. Sueños que se quebraron una tarde de agosto de 1923, entre los brazos férreos de Andrew el capataz.
Gertrude ha paladeado la acidez de su secreto en la infinitud de sus noches insomnes.
Hoy, justamente treinta años después del fatídico día, mira atónita la tumba del capataz bajo el fresno seco. Un bando de palomas blancas acaba de ahuyentar al cuervo que se había posado altivo sobre la cruz.
Gertrude sonríe, tal vez pensando, que los fantasmas de su infancia han desaparecido para siempre.
John le lanza un beso amoroso desde el tractor. Ella espera impaciente, mientras de la cocina llega el aroma del café que la brisa ha mezclado con el perfume fresco de los rosales. Los dos amantes se funden en un sudoroso abrazo, jurándose amor eterno.
Holler González

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