Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

jueves, 28 de abril de 2022


Florece el trebol 
y su efímera esencia 
ya se ha hecho brisa


                       Holler González 

 

domingo, 6 de febrero de 2022

ESPEJOS NEGROS

Lo único que pude ver del asesino de mi madre fueron sus zapatos.

Me escondí debajo de mi cama cuando escuché sus gritos pidiendo ayuda desde su dormitorio.

No era la primera vez que un cliente se portaba mal con ella. Tampoco era la primera vez que un cliente cabrón quería un dos por uno.

Cuando el asesino entró en mi cuarto estuvo un rato de pie, quieto. Luego se descalzó y se tumbó sobre mi cama. Encendió un cigarrillo.


Sus zapatos parecían espejos negros de tanto que brillaban. Intenté descifrar en los reflejos del empeine la apariencia de ese hombre: si estaba gordo, calvo o usaba gafas. Pero las gotas de sangre que se dispersaban sobre el cuero me impedían adivinar su aspecto.

Deduje que debía estar acomplejado por su estatura ya que tenían unos tacones más elevados de lo habitual. Imagino que serían de esos zapatos que se hacen por encargo la gente con pasta.


Mientras apuraba el pitillo tarareaba una canción, creo que una de Julio Iglesias. Luego se calló y le escuché respirar profundo. El pedazo de cabrón se habia quedado dormido sobre mí. Sólo el colchón me separaba de una muerte segura. Seguro.

Dudé si salir de debajo de la cama, pero el miedo me paralizaba. Al final, yo también me quedé frita, lo reconozco.


Me despertó cuando le oí dirigirse a la puerta. Antes de salir de mi cuarto se detuvo unos segundos y dijo: «Algún día lo entenderás todo».


Y se fue.

Y esto es todo lo que puedo contarle, detective.


He escuchado la cinta con la declaración que tomé a Martina Ellis cientos de veces. Debía tener unos 15 años cuando mataron a su madre. A pesar de ser una cría tenía la inteligencia de un adulto. De un adulto inteligente, quiero decir.

Incluso ya retirado hace años, admito que este caso me obsesiona. El único que no he podido resolver en toda una carrera dedicada al Departamento de Homicidios de la Policía de Cleveland.

Mi instinto me decía que algo no cuadraba en su testimonio, pero no logré hallar una prueba concluyente.


Hasta el día de hoy.

Un mensajero me acaba de entregar un paquete sin remitente.

Lo he abierto y se trata de una caja que contiene dos zapatos negros de niña salpicados de sangre con años de solera. Eso sí, tan brillantes como si no hubieran pisado la calle.

Dentro de uno de ellos hay una nota. No necesito ver la firma para saber que la ha escrito Martina.


«Siempre supe que nunca te creiste mi versión de los hechos.

Acertaste, detective.

¿Por qué lo hice?

Mereces que te lo diga en persona.

Llama al número que hay detrás de esta nota

y algún día lo entenderás todo.


Martina».


JuanJo González



miércoles, 24 de noviembre de 2021

Donde se esconden mis miedos

 



 

PÁNICO

 

A enterrarte.

Que te borre mi memoria,

que la pierda.

A sentir hambre sin despensa

llorando ante un pecho vacío.

Que la tierra no de nada,

ajada, esperando la lluvia.

Que olvide preguntar, si ya comiste.

Agotar las existencias.

Que se cuele el mar por el abismo.

Clavarme un puñal de remolinos.

Una pistola entre los dientes.

Catapultas de piedras incandescentes.

Con fe, ir al infierno,

Sin fe, salvarme

Y esta herida que no cesa.

 

 

 

 

 


                                                                                                 Título: Donde se esconden mis miedos.

16 de noviembre 2021.

Sulzerain/Julia García.

 

 

 


lunes, 22 de noviembre de 2021

 

RECETAS ALQUÍMICAS

La abuela Guillermina siempre deseo que su tesoro más preciado, el libro de “Las recetas alquímicas”, heredado generación tras generación por el miembro de la familia más idóneo para ello, fuera para su nieta mayor Lucia, pues Guillermina veía en ella el don de la alquímica desde el mismo día que nació. Cada heredero tenía el privilegio de mantener el libro actualizado para su época, pero conservando la tradición, la solera y la magia del recetario. El libro contenía, además de recetas de deliciosas comidas, fórmulas mágicas para cada estación del año y necesidad anímica del momento.

Ahora Lucia iba a estampar su sello personal con una receta elaborada con un pedacito del alma de cada fórmula mágica allí registrada más su aportación única:

Receta: “Elixir sueños de otoño”.

En un frasquito de cristal azul de 150 ml se echa:

―  22 gotitas del rocío recogido en los pensamientos cárdenos que florecen a mediados de septiembre.

―7 estambres de una rosa amarilla que se marchita a principios de octubre.

―  1 pizca de polen de violetas.

―  9 pétalos de clavel blanco.

―1 pizca de fragancias de lavanda, tomillo y geranio.

―  75 ml de agua pura de manantial.

Todo ello se agita bien en el frasquito y se deja reposar 3 horas en un lugar fresco y oscuro.

Pasado ese tiempo el elixir ya estará listo para su uso:

Por la mañana al despertarse tomar 3 gotas de la formula y por la noche verter unas gotitas del elixir sobre la almohada de la cama antes de acostarse.

Duración de remedio mágico: 21 días. 

Esta receta alquímica aportará a tus sueños el toque mágico que precisas en estos momentos.

Maribel

jueves, 18 de noviembre de 2021

POEMA INSPIRADO EN "EL GRITO" DE EDVARD MUNCH

 

 

      "El grito"  de Edvar Munch


CLAROSCURO 

Me niego.

No soporto escuchar el estallido

del silencio que ocupa mis vacíos.

No vuelvo la cabeza,

acaso lo que vea

me alcance y atrape para siempre.

Deseo vivir solo,

ignorante a las curvas del peligro,

admirando desde arriba el precipicio.

Ondulante disfrute el balanceo

que  lleva del éxito al fracaso.

¡Deseo estar siempre en la sombra!

¡Que no me roce el sol ni el ocaso!

tengo  fina la piel y duro el corazón.

Para otros, los mundos inventados,

los cuentos de confeti y caracola,

yo solo amo las olas, por ser olas

y el viento arrebujado entre las rocas,

buscando la salida al otro lado.

Por eso cierro los oídos,

así, ignoro lo  que ruge y os envuelve,

rechazo el artificio que ha crecido

bajo el  mágico pincel de los artistas,

con colores que emborronan a su antojo

lo blanco y lo negro de la vida.

Porque sigo teniendo la piel fina

y cada vez, más duro el corazón.

 

Grétel 03/11/21

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EXTRACTO DEL DIARIO PERSONAL DEL PINTOR NORUEGO EDVARD MUNCH

(Texto inspirado por el cuadro de Munch, El grito)


23 de enero de 1892

El grito que me despertó esta mañana ¿Fue real o producto de una imaginación avivada por la absenta?

No suelo recordar sueños, pesadillas o nombres de personas mediocres. Sin embargo, puedo describir lo vivido esta madrugada mientras trataba de apaciguar la borrachera debajo de las mantas.

Me vi rodeado de gente. Mucha. Como no había visto en mi vida. Edificios de cristal, altos como montañas, impedían ver el gris del cielo. La multitud pasaba rauda a mi lado. Vestían ropas muy diferentes a la mía y de infinitos colores.

No se miraban a los ojos. Todos, sin excepción, caminaban pendientes de lo que sucedía en un pequeño cuadro que portaban en la mano. Llevaban, además, unos tapones en los oídos. Por eso hablaban dando voces.

Pude reconocer mi idioma, aunque sonaran palabras extrañas. Daba igual, no necesitaba escuchar más semejantes mensajes carentes de sentido y trascendencia.

Eran personas vacías, cáscaras veloces resquebrajándose a causa del ruido que salía de sus bocas.

El bullicio logró hacer eco en mi pecho, que empezó a convulsionar a medida que esa gente extraña se movía cada vez más deprisa. Sus voces acabaron fusionándose en un único estruendo.

Tuve que taparme los oídos e intentar gritar más alto. Así evitaría oir la podredumbre que trataba de asfixiarme.

Gracias a Dios, tuve éxito en mi cometido. Pude huir de aquel Infierno colmado de almas estúpidas y desperté embarrado en mis vómitos pero arropado con el silencio.


JuanJo González

domingo, 3 de octubre de 2021

LOS LIBROS ANTERIORES (Relato que obtuvo el tercer premio en el II Concurso de Bibliorelatos de Fuenlabrada)

- Buenas tardes, señorita. Disculpe ¿No tendrá el libro de Federico García Lorca, «Poeta en Nueva York»?

Una voz grave me hizo levantar la mirada del escritorio. Al verle, debo reconocer que se me detuvo el corazón. No sólo impresionaba su uniforme de General de la Wehrmacht, también su rostro marcado por la edad y cruzado por varias cicatrices que tenían origen en su ojo derecho, totalmente blanco.

- ¿Perdone?

- Sí. No sé si podría buscar en sus registros «Poeta en Nueva York», de Federico García Lorca. Por favor.

- No es necesario, caballero. Ese libro está prohibido por el Partido. - le señalé mi brazalete con la esvástica.

- ¿Ni siquiera en la Biblioteca Estatal de Berlín guardan una copia?

- No, lo siento. Lo tuvimos que quemar. Si me disculpa tengo mucho trabajo que hacer.

- Lamento haberla molestado. Que tenga una buena tarde.

- Gracias.

Salió por el pasillo que formaban las mesas ocupadas por estudiantes y algún que otro vagabundo que acudía a la Biblioteca a leer el periódico. Todos con la mirada pegada a su figura, que abandonaba lentamente la sala de lectura al ritmo de una evidente cojera y del sonido que producían los tacones de su botas.




El viernes siguiente me lo encontré a la salida del trabajo.

- Buenas tardes. No sé si se acuerda de mí.

- Hola, buenas. Sí, claro. No suelen venir muchos generales a pedirnos libros prestados.

- Una verdadera lástima. Si tiene un momento me gustaría invitarle a un café y hablar de libros, señorita...

- Señora. Llámeme Anke. Está de suerte, no tengo nada mejor que hacer. Mejor un vino. - le guiñé un ojo.

- ¡Eso está hecho! - sonrió el militar.

A pesar de la guerra, las noches berlinesas seguían conservando el bullicio y el espíritu irreverente de antaño. Lo que empezó con un vino acabó con dos botellas de champán en un cabaret al que solían acudir los oficiales del ejército, normalmente acompañados de mujeres con las que no estaban casados.

El alcohol hizo mella, al menos en mí. Le pregunté por qué buscaba ese libro, debía saber que estaba 
prohibido. Era obra de un izquierdista y encima homosexual. El no va más.

- Me da igual, como si lo ha escrito el mismísimo Stalin. ¿Sabe? Mi mujer era española, adoraba la poesía y a Lorca por encima de todos. Se sentaba a mi lado en la cama y me recitaba los poemas de «Un poeta en Nueva York» en su idioma natal. Yo no entendía nada pero me gustaba quedarme dormido escuchándola.

Pude ver que, hasta por su ojo inútil, intentaba escaparse una lágrima.

- Quiero confesarle algo, General. Le mentí. Bueno, no lo sé. Tiene que darme su palabra de honor de que lo que voy a contarle queda entre usted y yo.

- Puede confiar en mí, Anke. Sin honor no hay principio ni fin.

- Sólo hay algo que amo más que al Führer y es la Literatura. No sólo es mi trabajo, es mi vida. No podía permitir que quemaran esas obras maestras y escondí todas las que pude.

- La entiendo, los libros son una de mis pasiones. Mi madre siempre decía que aprendí a leer antes que a hablar. Si no es indiscreción ¿Cómo ha hecho para ocultarlos?

- La Biblioteca Estatal tiene millones de ejemplares. No es muy complicado camuflar unos cientos de libros. Tal vez haya alguno de Lorca. - le guiñé un ojo.

- Me gustaría verlos, leerlos. Si no le causa problemas, claro.

- Seguro que sí. El próximo viernes a última hora vuelva a pasarse por la Biblioteca y se los mostraré.

- ¡Trato hecho! - dijo, y besó mi mano.

Como buen caballero, el General llegó puntual a su cita con los libros repudiados por el régimen nazi. No sólo ese viernes, sino muchos más durante casi un año. 
Hasta que desapareció sin dejar rastro.




Otro viernes después del trabajo.

- Buenas tardes, señora Franck. - Me giré esperando que fuera él. Pero no era él. Se me acercó un hombre corpulento ataviado con sombrero, abrigo y guantes negros, vestimenta habitual de la Gestapo.

- ¿Conoce usted a este hombre? – mientras me mostraba una foto del General.

- Sí, somos amigos. Pero hace más de un año que no le he vuelto a ver ¿Qué ocurre?

- Sí, claro, amigos. Le estamos buscando. Acompáñeme, por favor.

Me llevaron al Cuartel General de la Policía Secreta del Estado. Les conté todo lo que sabía del General en el primer interrogatorio, pero no me creyeron. Acabó la inteligencia y comenzó la barbarie en forma de vejaciones y torturas. Tuve que mentir para que parara mi tormento.

- ¡Sí! ¡Éramos amantes! Nos veíamos una vez por semana cuando venía de permiso a Berlín.

- ¡Eso ya lo sabemos, zorra! ¡Dinos dónde está ese traidor o te juro que preferirás morir a pasar aquí otro día!

- ¡No lo sé! ¡Créame, por favor! Nunca me hablaba de su trabajo y apenas de su vida personal. Por más que le pregunté ni siquiera me dijo su nombre. Decía que era lo mejor, que así me protegía.


Jamás les revelé el verdadero propósito de nuestros encuentros furtivos en la Biblioteca. Pasábamos las noches de los viernes disfrutando con la compañía del teatro de Bertold Brecht, de las novelas de Ernest Hemingway, de Jaroslav Hašek, de Romain Rolland o de los poemas de Vladimir Mayakovski.

Gracias a mi encomiable hoja de servicios como militante del Partido Nazi pude salir viva de aquel infierno. Aunque me recluyeron en un campo de reeducación donde fui tachada de adúltera y traidora a la patria. Lo que fuera antes que descubrir la verdad sobre los libros que tan feliz me hicieron.

No volví a saber del General hasta 20 años después de la guerra. Ponían en la televisión un documental sobre los intentos de atentado a Hitler. Al aparecer su rostro comido por las cicatrices en la pantalla, mi corazón experimentó el mismo parón que la primera vez. Barón Friedrich Von
Koppenfels, héroe de la Primera Guerra Mundial y condenado a morir en la horca por el intento de asesinato del Fürher.

Gracias a un amante, agente de los Servicios de Inteligencia del Ejército de los Estados Unidos, averigüé dónde estaba enterrado el General. A pesar de su traición al Tercer Reich, su familia contaba con el dinero y el poder suficientes para que no abandonaran su cadáver en cualquier fosa común, sino junto al de su mujer.

Decidí visitarle. La primera vez que lo hice enterré el poemario de Lorca junto a la sepultura que ambos compartían. Los últimos viernes de cada mes me sentaba sobre la losa de mármol que los cubría y les leía en voz alta algunos de aquellos libros condenados. Antes de irme siempre miraba a la tumba donde yacía la pareja y podía verles dormidos. Él, abrazado a su mujer; y ella, a «Un poeta en Nueva York».



JuanJo González