Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

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miércoles, 20 de enero de 2021



DEDICADO A ADRIÁN

"Me habría encantado que Adrián hubiera
encontrado un jilguero entre la nieve"


                               El niño en la ventana: Aurelio Arteta

                                               

Marcel se despertó al escuchar al jilguero, como todas las mañanas. Nadie lo sabía, pero entre el niño y el pájaro se había establecido un vínculo especial, inimaginable para el resto de los habitantes de la casa.

Todo había sido producto de la casualidad. Una mañana de enero, cuando la nieve cubría absolutamente todo hasta el horizonte, Marcel abrió la ventana, para dejar entrar el sol en su gélida habitación, y al hacerlo, un pájaro se coló y se posó directamente en su mesita de noche, donde ávidamente picoteó los restos del bizcocho de la merienda del día anterior,  haciéndolos desaparecer. El niño entendió el mensaje, y a partir de entonces abría cada mañana la ventana para que al pajarillo no le faltara alimento.  Después de alimentarse, el jilguero se acurrucaba en la almohada unos minutos para resarcirse del frío, minutos que Marcel aprovechaba para hablarle muy bajito y contarle cómo se sentía. Así, el pajarillo se enteró de que el niño, encantador a sus ojos, no lo era tanto a los ojos de los demás niños, que se burlaban de él por su aspecto escuálido y ojeroso, a consecuencia de la enfermedad que padecía. Por eso desde aquel día acudió cada mañana y desde el alfeizar de la ventana cantaba hasta que Marcel la abría de par en par y sonreía, animándole a pasar.  Lo de menos era ya el bizcocho:  la primavera avanzaba, los árboles estaban repletos de brotes nuevos y había semillas por todas partes. El pájaro volaba entre los muebles de la habitación y se posaba en los hombros de Marcel girando la cabeza, una y otra vez, mientras ensayaba cantos que el niño intentaba repetir silbando, hasta que conseguía escuchar su risa; sólo entonces comía las migajas y volvía de nuevo a su hábitat natural.

Nadie sabe si fueron el pájaro o los tratamientos, quizá la mezcla de ambos; el caso es que Marcel lentamente fue mejorando y cuando ya el verano se intuía, el niño salió a jugar con los otros niños, que quedaron boquiabiertos al ver como el pájaro acudía cada vez que Marcel silbaba, para cantar a dúo, y  poco a poco fue uno más de la pandilla.

Cuando llegó el otoño, el jilguero, con su más afinado canto,  se despidió de Marcel para buscar tierras más cálidas donde pasar el invierno y  el niño lo entendió, porque ambos se comunicaban de una forma especial. Ellos habían aprendido que el corazón no entiende de lenguajes.

Marcel nunca dejó de abrir la ventana en primavera y esperar que su amigo volviera, y el pajarillo, nunca dejó de observarle desde lo alto y dedicarle las notas más altas desde la copa de los árboles. Tan sólo bajó en momentos puntuales y críticos, necesarios para seguir ambos manteniendo el equilibrio.

                                                                                                                     Grétel

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