Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

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domingo, 31 de enero de 2021

TÚ ELIGES

Relato inspirado por el cuadro Eleven AM, pintado en 1926 por Edward Hopper.













¡Joder! Por fin descorre las cortinas de la ventana. Llevo tres putos días esperando sin dormir. Ya he perdido la cuenta de las tazas de café y las anfetaminas que llevo en el cuerpo.

A través de la mirilla telescópica del rifle parece más joven que en las fotos que me hizo llegar el cliente. Apenas es una niña, aunque se dedique al oficio más antiguo.

Nunca pregunto los motivos cuando acepto un trabajo, pero reconozco que este encargo despierta mi curiosidad ¿Por qué quieren eliminarla? ¿Se habrá ido de la lengua? No me extrañaría, con semejante profesión.

Bien. Se sienta en ese bonito sillón azul turquesa ¿O es verde? No sé. Totalmente desnuda frente a la ventana, abierta de par en par. Sin pudor.

Parece pensativa, mirando a nada a través del cristal. Piel blanca desconchada por los moratones que se gana con el sudor de su frente.

Su frente. Eso es. Ya la tengo a tiro. Coloco entre ceja y ceja el punto rojo del láser. Un blanco perfecto.

Tomo aire, aguanto unos segundos la respiración y ahora eres tú quien decide el destino de esta chica. Si quieres que este relato acabe como tiene que acabar pasa al párrafo titulado Un trabajo bien hecho. Si, por el contrario, prefieres los finales felices, salta directamente al último párrafo, titulado El tiro por la culata.


Un trabajo bien hecho

Sólo falta apretar el gatillo, pero no puedo. Algo me paraliza. Veo como levanta la cabeza y se queda observándome. Coge el punto rojo con los dedos y lo coloca sobre su pecho.

- Hazlo. Ahora sí - leo en sus labios.

Ya puedo moverme otra vez y hago lo que mejor sé hacer: le rompo el corazón.


El tiro por la culata

Por más que intento apretar el gatillo no puedo hacerlo. Tengo las manos paralizadas.

Se levanta del sillón y se queda observándome ¡Aún tiene el punto rojo del láser entre sus cejas! ¡No puede ser!

Me sonríe y noto descender mi temperatura corporal bruscamente. Alza la mano derecha y me apunta con ella como si fuera una pistola. Lo último que veo son sus labios diciendo ¡Bang!


JuanJo González

DESDE EL BALCÓN



Nubes de enero 

Viajáis con viento frío 

Como gaviotas 




                             Holler González 

Contemplación


  "CONTEMPLACIÓN"


   

 La curiosidad de niña upada en la ventana, la contemplación de la existencia, que vive del otro lado en la viva naturaleza, serán su propia esperanza para recordar en otras épocas.

Lo vivido cuándo niños, queda en el fondo del alma escondido para ser recordado como presente en años venideros: imaginar, vivir un sueño como presente.

Son los recuerdos guardados que hacen mella en los sentimientos. Curiosidad por la existencia de vida en otros mundos; ver para saber, descubrir cosas nuevas de gozo y disfrute a través de  ventanas nuevas, satisfecha del alegre y claro panorama.

Son muchos los nubarrones a través de la vida que aforan a destiempo impidiendo recordar lo bueno y fresco de épocas remotas, cuando todo era felicidad y armonía. Y seguirá viviendo, y seguirá la vida, un día y otro día siempre diferente. Reirá sin ganas, llorará sin culpas, seguirá tras los cristales observando, — recordará su vida.

La alegría, ese afán de ver y aprender en lo más hondo de su interior, que guardará por un tiempo a costa de otros días nublados.

 

Niña vestida de azul upada en la ventana, 

4ª estampa.

   —De Aurelio  Arrieta Errastri—

 

                                                                                                 Carolina Escudero Viyuela (enero 2021)

                                                                                                 


viernes, 29 de enero de 2021

LAS FLORES AZULES


 Un alma sin dueño

 custodia el callejón de los silencios,

 recorriendo sonámbulo 

 la autopista de los miedos.

 Es el vigilante de las flores azules.

 Una noche de temblores e insomnio,

 se hizo escarcha.

 Vómito gris, 

 del Lucifer de la abstinencia.

 Vagó entre la basura.

 Soñó con ser nenúfar de vertedero.

 Corrió las maratones del miedo,

 entre las miradas locas 

 de los dioses borrachos.

 Por fin paró, 

 ardiendo como un bonzo

 entre grafitis.

 Hoy sus cenizas,

 acarician las notas,

 del blues

 de las orquídeas azules.


Holler González 



 

martes, 26 de enero de 2021

MAÑANA EN CAPE COD


Las mieses danzan sinuosas bajo el sol de la mañana. Gertrude las mira desde el ventanal. En su pecho, perdigonazos de recuerdos hostiles punzándole el corazón.
De niña jugó en esos campos, correteando al paso de su fiel Smokie. El perro buscaba la pelota en los trigales, mientras ella dibujaba  sueños de un mañana entre las nubes. Sueños que se quebraron una tarde de agosto de 1923, entre los brazos férreos de Andrew el capataz.
Gertrude ha paladeado la acidez de su secreto en la infinitud de sus noches insomnes.
Hoy, justamente treinta años después del fatídico día, mira atónita la tumba del capataz bajo el fresno seco. Un bando de palomas blancas acaba de ahuyentar al cuervo que se había posado altivo sobre la cruz.
Gertrude sonríe, tal vez pensando, que los fantasmas de su infancia han desaparecido para siempre.
John le lanza un beso amoroso desde el tractor. Ella espera impaciente, mientras de la cocina llega el aroma del café que la brisa ha mezclado con el perfume fresco de los rosales. Los dos amantes se funden en un sudoroso abrazo, jurándose amor eterno.

                                                    Holler González 


 

PINTURAS DE GUERRA

Sólo sus amigos más cercanos le llaman Joe, aunque ya le quedan muy pocos. Cosas que te ocurren cuando tienes cerca de cien años.

El resto de habitantes de la reserva india de Los Cuervo se dirigen a él como Gran Ave, palabras que suenan con un profundo respeto hacia el último jefe de guerra de su nación.

Sólo sale de casa al ocaso, nunca falla a su cita diaria con la puesta de sol. Se sienta en una mecedora quejicosa y enciende la pipa que le regaló su padre, Cuervo Medicina. Apenas le da un par de caladas.

Así pasa las tardes, con la única compañía de los recuerdos y de su perro, el fiel Siempre Dormido.

Muchos le preguntan por qué se queda tanto rato mirando a aquel sucio muro de ladrillos oscuros. La respuesta siempre es la misma.

- Hay palabras como sombras en la pared.

Nadie entiende qué quiere decir. Se limitan a sonreir y desear una buena tarde al viejo jefe.

Sólo él puede ver esas sombras, restos de pintura de palabras que se esfumaron: Te quiero, Luna Blanca Que Sube.


Usaba esa misma pintura para adornar su cara antes de entrar en combate en la Segunda Gran Guerra del Hombre Blanco. De la que regresó como un héroe, como un gran jefe.

Pero nunca sintió tanto miedo como el día que fue a buscar a Luna Blanca Que Sube a casa de sus padres.

- No te lo volveré a preguntar más veces. Quiero que seas mi última y mi primera batalla en esta vida.

Ella dijo sí. Y él se volvió loco, de felicidad. Se arrancó el uniforme y corrió desnudo por las praderas, gritando y cantando como habrían hecho sus ancestros celebrando una gran victoria.

Ahora ella ya no está, pero Joe espera todos los días a que salga la Luna de detrás de la pared donde declaró su amor por primera vez a su esposa.

Y, a medida que la luna blanca sube, una lágrima cae por su piel roja.


JuanJo González

Te espero

 

Edwar Hopper. Cape Cod morning.


El otoño está a punto de caducar y siento en los músculos tirantes sus últimas horas.

Hay solo una carretera que llega hasta aquí, una carretera que se vuelve de tierra y soledad, un camino polvoriento que se llena de piedras y que acaba en esta puerta tras la que te espero.

Podría correr hasta ti, tengo tantas ganas que atravesaría el cristal, lo haría pedazos con las manos. Caminaría con los pies descalzos sobre la aridez de la tierra y te atraparía tan fuerte que casi sentirías que estamos volando.

Prefiero esperarte aquí, arañar la madera de la mesa, aferrarme a ella un poco más, antes de aferrarme a ti. Te espero aquí, quiero observarte de lejos y descubrir si tú también quieres devorar esta distancia, estrujarla con las manos hasta convertirla en arena y que escape entre los dedos.




EL REY DEL TRUENO

Naciste en Santiago de Cuba en 1956, con una cara especialmente bonita, de hecho te hubieran bautizado como Azucena, si no hubiera sido por el descubrimiento de la partera: "Grandiosa pinga que se gasta el morenito". Soltó por su boca de mulata sabia al azotarte las nalgas.

Pasaste la niñez, esculpiendo tu sensibilidad entre los sueños que te traían las olas al malecón, escuchando el trino de los pájaros en el Parque Céspedes. 

Entre tus cuadernos de instituto, se borraban las raíces cuadradas y las ecuaciones, para dar paso a tus primeros sonetos y dibujos de mariposas. Jugabas a imaginar torsos de dioses antiguos en los baños de la universidad.

Pasaron los años y te hiciste un hueco como tabaquera en el Tropicana.

Hoy 14 de noviembre de 2020, ocultas tus labios de botox tras una mascarilla quirúrgica. Toses, estás febril y no has comido, pero en el armario del hostal te espera tu viejo traje de superhéroe para tu próxima actuación.

La noche es templada. Los turistas agolpados en la plaza de Antonio Maceo, esperan expectantes el número de magia y cabaret del grandioso e incomparable Azuceno El Rey del Trueno.

Les miras desde el ventanal con ojos llorosos, te pones el traje y la capa y saltas al vacío.

                                                       Holler González 

lunes, 25 de enero de 2021

Nostalgia

 Es la esperanza en su reflexión con nostalgia y soledad ante la ventana, una niña queriendo entender. Se hace preguntas, quiere saber y no entiende porque no le han explicado nada de ese mundo fuera de su ventana. No comprende el por qué, su abuela no fue a buscarla esa mañana; 

¿por qué tanto silencio, tanta soledad y misterio? —se pregunta.

Es raro que la abuela, con tanto ir y venir por esos caminos, haya olvidado volver a la casa como la contaron.

Desapareció una tarde después del colegio. Alguien indicó mal su camino, o se la llevaron por un campo desconocido y no acertó con su camino.

Ese cuento de los mayores no le convence y se pregunta: ¿Volverá y me querrá como antes?

¡No, mi abuela no me puede engañar!; hay algo que sigo sin entender, porque alguien no me lo dijo claro, y yo mi soledad, sigo esperando.

La reflexión en los pensamientos y la esperanza en el corazón, nos atrapan y ayudan a vivir ante las dudas, incomprensión y nostalgia. 

Chica en la ventana. -- 2ª estampa --

Autora: Antonina Rzhevskaya

 Carolina Escudero Viyuela

 (Enero 2021)

miércoles, 20 de enero de 2021



DEDICADO A ADRIÁN

"Me habría encantado que Adrián hubiera
encontrado un jilguero entre la nieve"


                               El niño en la ventana: Aurelio Arteta

                                               

Marcel se despertó al escuchar al jilguero, como todas las mañanas. Nadie lo sabía, pero entre el niño y el pájaro se había establecido un vínculo especial, inimaginable para el resto de los habitantes de la casa.

Todo había sido producto de la casualidad. Una mañana de enero, cuando la nieve cubría absolutamente todo hasta el horizonte, Marcel abrió la ventana, para dejar entrar el sol en su gélida habitación, y al hacerlo, un pájaro se coló y se posó directamente en su mesita de noche, donde ávidamente picoteó los restos del bizcocho de la merienda del día anterior,  haciéndolos desaparecer. El niño entendió el mensaje, y a partir de entonces abría cada mañana la ventana para que al pajarillo no le faltara alimento.  Después de alimentarse, el jilguero se acurrucaba en la almohada unos minutos para resarcirse del frío, minutos que Marcel aprovechaba para hablarle muy bajito y contarle cómo se sentía. Así, el pajarillo se enteró de que el niño, encantador a sus ojos, no lo era tanto a los ojos de los demás niños, que se burlaban de él por su aspecto escuálido y ojeroso, a consecuencia de la enfermedad que padecía. Por eso desde aquel día acudió cada mañana y desde el alfeizar de la ventana cantaba hasta que Marcel la abría de par en par y sonreía, animándole a pasar.  Lo de menos era ya el bizcocho:  la primavera avanzaba, los árboles estaban repletos de brotes nuevos y había semillas por todas partes. El pájaro volaba entre los muebles de la habitación y se posaba en los hombros de Marcel girando la cabeza, una y otra vez, mientras ensayaba cantos que el niño intentaba repetir silbando, hasta que conseguía escuchar su risa; sólo entonces comía las migajas y volvía de nuevo a su hábitat natural.

Nadie sabe si fueron el pájaro o los tratamientos, quizá la mezcla de ambos; el caso es que Marcel lentamente fue mejorando y cuando ya el verano se intuía, el niño salió a jugar con los otros niños, que quedaron boquiabiertos al ver como el pájaro acudía cada vez que Marcel silbaba, para cantar a dúo, y  poco a poco fue uno más de la pandilla.

Cuando llegó el otoño, el jilguero, con su más afinado canto,  se despidió de Marcel para buscar tierras más cálidas donde pasar el invierno y  el niño lo entendió, porque ambos se comunicaban de una forma especial. Ellos habían aprendido que el corazón no entiende de lenguajes.

Marcel nunca dejó de abrir la ventana en primavera y esperar que su amigo volviera, y el pajarillo, nunca dejó de observarle desde lo alto y dedicarle las notas más altas desde la copa de los árboles. Tan sólo bajó en momentos puntuales y críticos, necesarios para seguir ambos manteniendo el equilibrio.

                                                                                                                     Grétel

miércoles, 13 de enero de 2021

           

                                                                   LA SILLA
 
Ese es solo mi nombre, el apellido es estilo LuisXV barroca.
Estoy aquí desde hace décadas, era un salón de té de estilo, ahora se ha quedado en cafetería antigua o local progre, depende de quién lo nombre.
He conocido todo tipo de posaderas, escuetas que parece mentira fuesen capaces de enganchar unas piernas, fofas y temblorosas como un flan de vainilla, otras poderosas y prietas de roca, esas son las que me han debilitado las patas relegándome al rincón de las confidencias.
En fin, os podéis imaginar son muchos años de oficio.
Pero hoy han venido unas inquietas, cada segundo parecían tener que colocar la osamenta y de pronto una voz decía: “ profundos ojos oscuros” declinado a la vez que enderezaba la espalda, y luego al tiempo “galopan mi pensamiento”
¡Era un poema!
 Se había sentado en mi un poeta y escribía del amor.
Me he sentido regocijada, yo, que lo que conocía de esto era unos tonteos con un sillón orejero cuando aun brillaba mi barniz en el centro de la sala, y resulto ser tan presumido que solo hacía que refocilarse en si mismo ante mis miradas.
Y ahora aquellas nalgas inquietas hablaban febrilmente del amor.
Al decir  “aquellos labios de amapola” el movimiento ha sido tan brusco, que mi pata derecha ha acabado de quebrarse.
Me he roto, y esto ha acabado con su inspiración.
En este momento estoy en un cuartucho de anticuario del rastro, haber si se fija en mí un buen restaurador, y aun puedo disfrutar de algunas mieles de la vida.
La humedad de este cuarto está matando mis maderas, menos mal que algún que otro domingo sacan mis telas al sol.
En uno de esos días, un hombre de gafas redondas me ha tocado con mucho detenimiento, hasta la muesca que tengo en el respaldo ha encontrado.
Y muy despacio ha susurrado “te voy a dejar como la más bonita”
De estas me ha llevado a un cuarto con tanta humedad como el anterior, que desilusión, aunque este huele a trementinas, disolventes y otras tantas de cosas que no se identificar.
Esta mañana ha aparecido cantando, me observa y pone a funcionar una cosa que vibra y hace  un ruido espantoso.
¡Dios mío! Lloro hasta la savia que ya no me queda, me esta partiendo, Asustada me pregunto si querrá leña, pero no, ya no son tiempos de leña.
Amargamente veo mi respaldo sin tela, en madera pura, por un lado y el asiento por otro, quiero morir de la pena, no contento con esto los ha unido con cadenas, este hombre está loco, que posaderas voy yo a aguantar de semejante manera, es imposible.
He llorado toda la noche-
Me está hablando todo el rato, como si quisiera consolarme, quizá note mi tristeza, me dice que me va a convertir en su mejor cuadro ¡no le creo!  Estoy destrozada, todo se ha acabado.
Después de bastante tiempo, tengo que contar, que si que era verdad soy un gran cuadro en su salón.
En mi respaldo tengo pintado un frondoso árbol con infinidad de colores en sus hojas, y en el asiento están finamente marcadas las raíces de este árbol.
Soy muy hermosa al parecer. Lo digo por las miradas de pasión del morado sillón orejero que tengo al lado.
                                                                                                                        

                                                                                                    Pilar La muy