Lo único que pude ver del asesino de mi madre fueron sus zapatos.
Me escondí debajo de mi cama cuando escuché sus gritos pidiendo ayuda desde su dormitorio.
No era la primera vez que un cliente se portaba mal con ella. Tampoco era la primera vez que un cliente cabrón quería un dos por uno.
Cuando el asesino entró en mi cuarto estuvo un rato de pie, quieto. Luego se descalzó y se tumbó sobre mi cama. Encendió un cigarrillo.
Sus zapatos parecían espejos negros de tanto que brillaban. Intenté descifrar en los reflejos del empeine la apariencia de ese hombre: si estaba gordo, calvo o usaba gafas. Pero las gotas de sangre que se dispersaban sobre el cuero me impedían adivinar su aspecto.
Deduje que debía estar acomplejado por su estatura ya que tenían unos tacones más elevados de lo habitual. Imagino que serían de esos zapatos que se hacen por encargo la gente con pasta.
Mientras apuraba el pitillo tarareaba una canción, creo que una de Julio Iglesias. Luego se calló y le escuché respirar profundo. El pedazo de cabrón se habia quedado dormido sobre mí. Sólo el colchón me separaba de una muerte segura. Seguro.
Dudé si salir de debajo de la cama, pero el miedo me paralizaba. Al final, yo también me quedé frita, lo reconozco.
Me despertó cuando le oí dirigirse a la puerta. Antes de salir de mi cuarto se detuvo unos segundos y dijo: «Algún día lo entenderás todo».
Y se fue.
Y esto es todo lo que puedo contarle, detective.
He escuchado la cinta con la declaración que tomé a Martina Ellis cientos de veces. Debía tener unos 15 años cuando mataron a su madre. A pesar de ser una cría tenía la inteligencia de un adulto. De un adulto inteligente, quiero decir.
Incluso ya retirado hace años, admito que este caso me obsesiona. El único que no he podido resolver en toda una carrera dedicada al Departamento de Homicidios de la Policía de Cleveland.
Mi instinto me decía que algo no cuadraba en su testimonio, pero no logré hallar una prueba concluyente.
Hasta el día de hoy.
Un mensajero me acaba de entregar un paquete sin remitente.
Lo he abierto y se trata de una caja que contiene dos zapatos negros de niña salpicados de sangre con años de solera. Eso sí, tan brillantes como si no hubieran pisado la calle.
Dentro de uno de ellos hay una nota. No necesito ver la firma para saber que la ha escrito Martina.
«Siempre supe que nunca te creiste mi versión de los hechos.
Acertaste, detective.
¿Por qué lo hice?
Mereces que te lo diga en persona.
Llama al número que hay detrás de esta nota
y algún día lo entenderás todo.
Martina».
JuanJo González