Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

Cuando llega el silencio, se ordenan y aparecen estas historias.

domingo, 3 de octubre de 2021

LOS LIBROS ANTERIORES (Relato que obtuvo el tercer premio en el II Concurso de Bibliorelatos de Fuenlabrada)

- Buenas tardes, señorita. Disculpe ¿No tendrá el libro de Federico García Lorca, «Poeta en Nueva York»?

Una voz grave me hizo levantar la mirada del escritorio. Al verle, debo reconocer que se me detuvo el corazón. No sólo impresionaba su uniforme de General de la Wehrmacht, también su rostro marcado por la edad y cruzado por varias cicatrices que tenían origen en su ojo derecho, totalmente blanco.

- ¿Perdone?

- Sí. No sé si podría buscar en sus registros «Poeta en Nueva York», de Federico García Lorca. Por favor.

- No es necesario, caballero. Ese libro está prohibido por el Partido. - le señalé mi brazalete con la esvástica.

- ¿Ni siquiera en la Biblioteca Estatal de Berlín guardan una copia?

- No, lo siento. Lo tuvimos que quemar. Si me disculpa tengo mucho trabajo que hacer.

- Lamento haberla molestado. Que tenga una buena tarde.

- Gracias.

Salió por el pasillo que formaban las mesas ocupadas por estudiantes y algún que otro vagabundo que acudía a la Biblioteca a leer el periódico. Todos con la mirada pegada a su figura, que abandonaba lentamente la sala de lectura al ritmo de una evidente cojera y del sonido que producían los tacones de su botas.




El viernes siguiente me lo encontré a la salida del trabajo.

- Buenas tardes. No sé si se acuerda de mí.

- Hola, buenas. Sí, claro. No suelen venir muchos generales a pedirnos libros prestados.

- Una verdadera lástima. Si tiene un momento me gustaría invitarle a un café y hablar de libros, señorita...

- Señora. Llámeme Anke. Está de suerte, no tengo nada mejor que hacer. Mejor un vino. - le guiñé un ojo.

- ¡Eso está hecho! - sonrió el militar.

A pesar de la guerra, las noches berlinesas seguían conservando el bullicio y el espíritu irreverente de antaño. Lo que empezó con un vino acabó con dos botellas de champán en un cabaret al que solían acudir los oficiales del ejército, normalmente acompañados de mujeres con las que no estaban casados.

El alcohol hizo mella, al menos en mí. Le pregunté por qué buscaba ese libro, debía saber que estaba 
prohibido. Era obra de un izquierdista y encima homosexual. El no va más.

- Me da igual, como si lo ha escrito el mismísimo Stalin. ¿Sabe? Mi mujer era española, adoraba la poesía y a Lorca por encima de todos. Se sentaba a mi lado en la cama y me recitaba los poemas de «Un poeta en Nueva York» en su idioma natal. Yo no entendía nada pero me gustaba quedarme dormido escuchándola.

Pude ver que, hasta por su ojo inútil, intentaba escaparse una lágrima.

- Quiero confesarle algo, General. Le mentí. Bueno, no lo sé. Tiene que darme su palabra de honor de que lo que voy a contarle queda entre usted y yo.

- Puede confiar en mí, Anke. Sin honor no hay principio ni fin.

- Sólo hay algo que amo más que al Führer y es la Literatura. No sólo es mi trabajo, es mi vida. No podía permitir que quemaran esas obras maestras y escondí todas las que pude.

- La entiendo, los libros son una de mis pasiones. Mi madre siempre decía que aprendí a leer antes que a hablar. Si no es indiscreción ¿Cómo ha hecho para ocultarlos?

- La Biblioteca Estatal tiene millones de ejemplares. No es muy complicado camuflar unos cientos de libros. Tal vez haya alguno de Lorca. - le guiñé un ojo.

- Me gustaría verlos, leerlos. Si no le causa problemas, claro.

- Seguro que sí. El próximo viernes a última hora vuelva a pasarse por la Biblioteca y se los mostraré.

- ¡Trato hecho! - dijo, y besó mi mano.

Como buen caballero, el General llegó puntual a su cita con los libros repudiados por el régimen nazi. No sólo ese viernes, sino muchos más durante casi un año. 
Hasta que desapareció sin dejar rastro.




Otro viernes después del trabajo.

- Buenas tardes, señora Franck. - Me giré esperando que fuera él. Pero no era él. Se me acercó un hombre corpulento ataviado con sombrero, abrigo y guantes negros, vestimenta habitual de la Gestapo.

- ¿Conoce usted a este hombre? – mientras me mostraba una foto del General.

- Sí, somos amigos. Pero hace más de un año que no le he vuelto a ver ¿Qué ocurre?

- Sí, claro, amigos. Le estamos buscando. Acompáñeme, por favor.

Me llevaron al Cuartel General de la Policía Secreta del Estado. Les conté todo lo que sabía del General en el primer interrogatorio, pero no me creyeron. Acabó la inteligencia y comenzó la barbarie en forma de vejaciones y torturas. Tuve que mentir para que parara mi tormento.

- ¡Sí! ¡Éramos amantes! Nos veíamos una vez por semana cuando venía de permiso a Berlín.

- ¡Eso ya lo sabemos, zorra! ¡Dinos dónde está ese traidor o te juro que preferirás morir a pasar aquí otro día!

- ¡No lo sé! ¡Créame, por favor! Nunca me hablaba de su trabajo y apenas de su vida personal. Por más que le pregunté ni siquiera me dijo su nombre. Decía que era lo mejor, que así me protegía.


Jamás les revelé el verdadero propósito de nuestros encuentros furtivos en la Biblioteca. Pasábamos las noches de los viernes disfrutando con la compañía del teatro de Bertold Brecht, de las novelas de Ernest Hemingway, de Jaroslav Hašek, de Romain Rolland o de los poemas de Vladimir Mayakovski.

Gracias a mi encomiable hoja de servicios como militante del Partido Nazi pude salir viva de aquel infierno. Aunque me recluyeron en un campo de reeducación donde fui tachada de adúltera y traidora a la patria. Lo que fuera antes que descubrir la verdad sobre los libros que tan feliz me hicieron.

No volví a saber del General hasta 20 años después de la guerra. Ponían en la televisión un documental sobre los intentos de atentado a Hitler. Al aparecer su rostro comido por las cicatrices en la pantalla, mi corazón experimentó el mismo parón que la primera vez. Barón Friedrich Von
Koppenfels, héroe de la Primera Guerra Mundial y condenado a morir en la horca por el intento de asesinato del Fürher.

Gracias a un amante, agente de los Servicios de Inteligencia del Ejército de los Estados Unidos, averigüé dónde estaba enterrado el General. A pesar de su traición al Tercer Reich, su familia contaba con el dinero y el poder suficientes para que no abandonaran su cadáver en cualquier fosa común, sino junto al de su mujer.

Decidí visitarle. La primera vez que lo hice enterré el poemario de Lorca junto a la sepultura que ambos compartían. Los últimos viernes de cada mes me sentaba sobre la losa de mármol que los cubría y les leía en voz alta algunos de aquellos libros condenados. Antes de irme siempre miraba a la tumba donde yacía la pareja y podía verles dormidos. Él, abrazado a su mujer; y ella, a «Un poeta en Nueva York».



JuanJo González

2 comentarios: