Buenas tardes a los familiares del difunto y a todos los presentes.
Mis condolencias. Dios les bendiga.
Debo reconocer que me
enfrento a la pelea más dura de todas las que hemos disputado, Rey Terror. Yo,
que fui tu gran rival, El Ángel de Michoacán, y que nunca te tuve miedo en
vida. Hoy se extinguen casi 20 años de disputas en el ring. Has fallecido como
todos los peleadores deberíamos hacer, luchando hasta el final y siempre con tu
máscara puesta. Ni la Muerte conoce tu verdadero rostro.
No tenía muy claro qué
decir en este nuestro último combate. Así que recordaré el primero de los
muchos que tuvimos. Fue donde siempre. Acá, en la Arena de Querétaro. Este
pabellón de peleas que podríamos llamar hogar y en el que ahorita nos
despedimos de ti.
Desde el vestidor, una
simple caseta de ladrillo casi destejada, se podía oir el bramido del público
coreando tu nombre. Cuanto más avanzaba por la calleja que conducía al pabellón
más retumbaban las palabras Rey Terror en mi pecho. Reconozco que me asusté al
descorrer el telón que daba acceso a la cancha y tener que enfrentarme a ese
panorama tan hostil.
Antes de dar el primer
paso hacia el ring, tomé aire con toda la fuerza que mi máscara me permitía y
me inundó una mezcla variopinta de fragancias. Un intenso aroma a sudor era
apaciguado por el humo de los puros que se fumaban los charros de las primeras
filas. A medida que avanzaba entre las sillas de madera y enea, que se traían
de casa los asistentes que abarrotaban la estancia, me llegaba el delicioso
olor de tacos recién hechos, que vendían unas viejas cholitas por unos pocos
pesos. También pude embriagarme con el aliento a tequila de los más borrachos
de la velada, que se abalanzaban sobre mí imagino que para darme ánimos e
infundarme valor ante el reto que tenía que afrontar. O eso creí entenderles.
Por fin, pude subirme al
ring...estaba en la cima del mundo y me quedé observándolo. La Arena de
Querétaro de entonces era una nave rectangular construida sobre albero con
bloques de hormigón pintados en franjas horizontales con los colores de la
bandera nacional. El techo era de planchas agujereadas de cemento y estaba
apoyado sobre unas enormes vigas triangulares carcomidas por el óxido.
Me envalentoné y me alcé
sobre las cuerdas de una de las esquinas del cuadrilátero. Brazos en alto y
mostrando bien mi disfraz blanco con alas bordadas en oro a la espalda. Grité
mi nombre lo más fuerte que pude, pero fue inútil. Ni siquiera yo pude
escucharlo. El abucheo fue general y tan abrumador que temí por la integridad
del edificio.
Pero se hizo el silencio.
Era tu momento. Tu entrada. Todas las luces se apagaron y entre el humo de los habanos
y el polvo que había levantado el respetable, sólo se podía ver en la tiniebla
el cirio que llevabas en las manos y que iluminaba tu máscara negra adornada
con el dibujo blanco de una calavera.
La primera vez que te vi
me pareciste el vivo retrato de la Muerte. La misma que te lleva hoy a su lado
y que nos deja a los demás un poquito más solos y más tristes.
Descansa en paz, Rey
Terror.
JuanJo González
Muy buen texto, con una atmósfera muy conseguida. Podría dar continuidad incluso a un texto más largo. Un fuerte abrazo.
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